miércoles, 22 de junio de 2016

EL SANTO DE LA SEMANA

SANTO TOMÁS MORO 
PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y POLÍTICOS



«El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral»

Santo Tomás nació en Londres en 1477 y mantuvo siempre una vida de fe. Se graduó en la Universidad de Oxford como abogado y su carrera exitosa lo llevó al parlamento. Con Jane Colt tuvo un hijo y tres hijas. Su esposa muere y contrae nupcias nuevamente con Alice Middleton.

En 1516 escribió su libro “Utopía”, lo que llamó mucho la atención de Enrique VIII, quien lo puso en importantes puestos.

Cuando el rey seguía con su intención de repudiar a su esposa para casarse con otra y se disponía a separarse de la Iglesia de Roma para formar la iglesia anglicana bajo su autoridad, Santo Tomás Moro renunció.

Más adelante se dedicó a escribir en defensa de la Iglesia y con su amigo, el Obispo San Juan Fisher, rehusó a obedecer al rey como “cabeza” de la iglesia. Ambos, fieles a Cristo, fueron encarcelados. Meses después fue ejecutado San Juan Fisher y días posteriores Santo Tomás fue condenado como traidor.

Murió mártir al oponerse a la división interesada de Enrique VIII. En el andamio para ser ejecutado, el Santo les supo decir a la multitud que moría como "el buen servidor del rey, pero primero Dios" y, siendo decapitado, partió a la Casa del Padre el 6 de julio de 1535. La Fiesta de Santo Tomás Moro se celebra cada 22 de junio junto con San Juan Fisher.

“La historia de Santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre”, dijo San Juan Pablo II en el año 2000.

miércoles, 10 de febrero de 2016

¿Qué sentido tienen el ayuno y la abstinencia durante la Cuaresma?


“¡Los ogros tienen capas!” Exhorta Shrek a Asno en un curioso (y no por ello carente de sentido) diálogo. Y los humanos también. Peter Josef Kentenich, sacerdote católico en proceso de beatificación y fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, plantea en sus escritos que el hombre, unión de cuerpo y alma, está estructurado en estratos. Estratos que abarcan desde los anhelos más profundos del alma y son expresión de su espiritualidad hasta las apetencias más superficiales ligadas a la concupiscencia, a la sensualidad. Mediante este planteamiento se diferencia la vida sobrenatural, la biológica, la psíquica y la intelectual. Supongo que coincidiremos, autor y lector, en que el deseo de amar y ser amado, por ejemplo, es una aspiración del hombre más -mucho más- elevada que el de ver jugar a los Celtics contra los Lakers.

Esta manera de ver al hombre nos puede ayudar a entender porqué el cristiano, y más a partir de hoy, Miércoles de Ceniza, que empieza la Cuaresma, está llamado al ayuno y la abstinencia. La Cuaresma es el tiempo de preparación para la Pascua, de conversión y reconciliación con Dios, de penitencia. Es un tiempo en que debemos acercarnos más a Dios e identificarnos más con Cristo, que es el modelo a seguir hasta que, como dijo San Pablo  “ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí” (Gal 2, 20). Para ello es necesario permitir y favorecer el desarrollo de la vida sobrenatural inherente en nuestro ser, pues mediante ella el hombre es capaz de relacionarse con Dios e intensificar su trato con  Él.

Con este objetivo, y más aún en la época actual, donde el consumismo y el materialismo son realidades muy presentes en nuestra sociedad, es necesario desapegarse de aquello que satisface nuestra concupiscencia, romper las cadenas del placer y facilitar así el desarrollo de la vida sobrenatural del hombre. ¿Exige sacrificio? No debería sorprendernos. Sacrificio proviene del latín ‘sacro’ y ‘facere’, hacer algo sagrado, que nada tiene que ver con el significado que se le da hoy de dolor y pérdida. Cada vez que decidimos hacer algo por Dios renunciamos a muchas otras cosas por Él. Estamos haciendo un sacrificio. El sacrificio debe ser una realidad presente en todo momento en la vida del cristiano. Además, el hombre es propiamente hombre cuando se niega, haciendo uso de su condición de ser libre. La renuncia tiene como consecuencia inmediata el aumento del dominio de uno mismo, de llevar las riendas de nuestra vida. En palabras de San Ambrosio “quien no se abstiene de ninguna cosa lícita, está muy cerca de las ilícitas“. La renuncia nos hace libres y es dentro de este marco de libertad donde quiere Dios que le amemos.

La Cuaresma es además tiempo de penitencia, y el ayuno es, en este ámbito, una muestra concreta de cara a Dios de arrepentimiento y petición sincera de perdón. Nuestra naturaleza está herida por el pecado original. Somos pobres pecadores necesitados de su Misericordia y gracia para alcanzar la vida eterna, la salvación que Dios quiere para todos los hombres y fin último de nuestra vida. Por eso es necesario y propio de un corazón humilde y arrepentido purgar por las ofensas cometidas a modo de reparación.

Por último, Jesús nos da ejemplo cuando antes de empezar el ejercicio de su vida pública, después de su Bautismo en el Jordán, se retira durante cuarenta días a orar y ayunar en el desierto. Es una llamada al ayuno y muestra clara de la importancia que debe tener en nuestra vida,  unido siempre a una intensa oración.

Por lo tanto, no debe sorprendernos que durante la Cuaresma la Iglesia nos invite a guardar el ayuno y la abstinencia y a hacerlo de cara a Dios y no a los hombres.

HISTORIA Y SIGNIFICADO DEL MIERCOLES DE CENIZA

 
En los primeros años de la Iglesia la duración de la Cuaresma variaba. Finalmente alrededor del siglo IV se fijó su duración en 40 días. Es decir, que ésta comenzaba seis semanas antes del domingo de Pascua. Por tanto, un domingo llamado, precisamente, domingo de cuadragésima.

En los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal, presentándose un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó en domingo por ser día de fiesta, la celebración del Día del Señor. ¿Cómo hacer entonces para respetar el domingo y, a la vez, tener cuarenta días efectivos de ayuno durante la cuaresma? Para resolver este asunto, en el siglo VII, se agregaron cuatro días más a la cuaresma, antes del primer domingo, estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto. (Si uno cuenta los días que van del Miércoles de Ceniza al Sábado Santo y le resta los seis domingos, le dará exactamente cuarenta).

Así la Iglesia empezó la costumbre de iniciar la Cuaresma con el miércoles de Ceniza, costumbre muy arraigada y querida por el pueblo cristiano.

El miércoles de Ceniza en la Iglesia Católica es el primer día de la Cuaresma, cuarenta días antes de la Pascua. En este día se inicia un tiempo espiritual particularmente importante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

También en los primeros siglos de la Iglesia en Roma, existía la práctica de que los “penitentes” (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, a las puertas de la Pascua), comenzaran su penitencia pública el primer día de la Cuaresma. Ellos eran salpicados de cenizas, vestidos en sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo o el jueves antes de la Pascua.

Estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X). Entonces, en el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, viendo que el símbolo de la imposición de la ceniza al iniciar la Cuaresma era bueno, se empezó a realizar este rito para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

Por algún tiempo la imposición de la ceniza se realizaba al principio de la celebración litúrgica o independientemente de ella. En la última reforma litúrgica se reorganizó el rito de la imposición de la ceniza con el objetivo de que sea un símbolo más expresivo y pedagógico para los fieles, pasándose a realizar después de las lecturas bíblicas y de la homilía, las cuales nos ayudan a entender el profundo significado de lo que estamos viviendo. La Palabra de Dios, en ese día, nos invita a la conversión. El deseo de convertirnos y volver al Señor es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.

Las cenizas usadas para la cruz que recibimos en la frente son obtenidas al quemar las palmas usadas en el Domingo de Ramos del año anterior.

Este tiempo del Año Litúrgico, la Cuaresma, se caracteriza por el llamado a la conversión. Si escuchamos con atención la Palabra de Dios durante este tiempo, descubriremos la voz del Señor que nos llama a la conversión.

Por eso es elocuente empezar este tiempo con el rito austero de la imposición de ceniza, el cual, acompañado de las palabras “Convertíos y creed en el Evangelio” y de la expresión “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, nos invita a todos a reflexionar acerca del deber de la conversión, recordándonos la fragilidad de nuestra vida aquí en la tierra.

Significado simbólico de la Ceniza

La ceniza, del latín “cinis”, es producto de la combustión de algo por el fuego. Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la muerte, de la caducidad del ser humano, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia.

Ya podemos apreciar esta simbología en los comienzos de la historia de la Salvación cuando leemos en el libro del Génesis que “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gen 2,7). Eso es lo que significa el nombre de “Adán”. Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19). En Gén 18, 27 Abraham dirá: “en verdad soy polvo y ceniza. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. La ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (Jb 42,6) es explícitamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz.

El gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente, se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y entrada al ayuno cuaresmal y a la marcha de preparación para la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Por eso cuando nos acerquémonos a recibir las cenizas, meditemos muy bien en nuestro corazón las palabras que pronunciará el celebrante al imponérnoslas en forma de Cruz: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio” (Cf Mc1,15) y “Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver” (Cf Gén 3,19). Para que de verdad sea un signo y unas palabras que nos lleven a descubrir nuestra caducidad, nuestro deseo y necesidad de conversión y aceptación del Evangelio, y el deseo de recibir la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.


lunes, 14 de diciembre de 2015

PALABRA DE VIDA

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3, 10-18)
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: -«¿Entonces, qué debemos hacer?».
Él contestaba:-«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
-«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?»
Él les contestó: -«No exijáis más de lo establecido».
Unos soldados igualmente le preguntaban:
-«Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Él les contestó: -«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
El pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías; Juan les respondió dirigiéndose a todos:
-«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».
Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

“El Evangelio de este domingo muestra nuevamente la figura de Juan Bautista, y lo presentan mientras habla a la gente que acude para hacerse bautizar. Juan exhorta a prepararse a la venida del Mesías, algunos le preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?».
La primera respuesta se dirige a la multitud en general. El Bautista dice: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Aquí podemos ver un criterio de justicia, animado por la caridad. La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario; la caridad impulsa a estar atento al prójimo y salir al encuentro de su necesidad, en lugar de hallar justificaciones para defender los propios intereses. «El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», porque «siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo».
La segunda respuesta, que se dirige a algunos «publicanos», o sea, recaudadores de impuestos para los romanos. Ya por esto los publicanos eran despreciados, también porque a menudo se aprovechaban de su posición para robar. A ellos el Bautista no dice que cambien de oficio, sino que no exijan más de lo establecido. El profeta, en nombre de Dios, no pide gestos excepcionales, sino ante todo el cumplimiento honesto del propio deber. El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar».
La tercera respuesta se refiere a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder, por lo tanto tentada de abusar de él. A los soldados Juan dice: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». También aquí la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás: una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.
Considerando estos diálogos, impresiona la gran concreción de las palabras de Juan: Dios nos juzgará según nuestras obras es justamente en el comportamiento, donde hay que demostrar que se sigue su voluntad. Por esto las indicaciones del Bautista son siempre actuales: también en nuestro mundo tan complejo las cosas irían mucho mejor si cada uno observara estas reglas de conducta”. (Benedicto XVI Ángelus, 16/diciembre/2012)

martes, 8 de diciembre de 2015

PALABRA DE VIDA

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3, 1-6) 
En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios.»

 “Juan Bautista se define como la «voz que grita en el desierto: preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». La voz proclama la palabra, pero en este caso la Palabra de Dios precede, en cuanto es ella misma la que desciende sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Por lo tanto él tiene un gran papel, pero siempre en función de Cristo. Comenta san Agustín: «Juan es la voz. Del Señor en cambio se dice: “En el principio existía el Verbo”. Juan es la voz que pasa, Cristo es el Verbo eterno que era en el principio. Si a la voz le quitas la palabra, ¿qué queda? Un vago sonido. La voz sin palabra golpea el oído, pero no edifica el corazón». Es nuestra tarea escuchar hoy esa voz para conceder espacio y acogida en el corazón a Jesús, Palabra que nos salva. En este tiempo de Adviento preparémonos para ver, con los ojos de la fe, en la humilde Gruta de Belén, la salvación de Dios. En la sociedad de consumo, donde existe la tentación de buscar la alegría en las cosas, el Bautista nos enseña a vivir de manera esencial, a fin de que la Navidad se viva no sólo como una fiesta exterior, sino como la fiesta del Hijo de Dios, que ha venido a traer a los hombres la paz, la vida y la alegría verdadera.
A la materna intercesión de María, Virgen de Adviento, confiamos nuestro camino al encuentro del Señor que viene, para estar preparados a acoger, en el corazón y en toda la vida, al Emanuel, Dios-con-nosotros”. (Benedicto XVI, Ángelus, 9 de diciembre de 2012)