NO CIERRES LOS OJOS
sábado, 24 de octubre de 2015
EL SANTO DE LA SEMANA
SAN ANTONIO MARIA CLARET
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Antonio
Claret nace en Sallent (Barcelona) en 1807, en el seno de una familia
profundamente cristiana, dedicada a la fabricación textil.
Muere
en el monasterio de Fontfroide, a los 63 años, rodeado del afecto de los
monjes y de algunos de sus misioneros, fallece el 24 de octubre de 1870.
Sus
restos mortales se trasladaron a Vic en 1897. Es beatificado por Pío XI el 25
de febrero de 1934. Pío XII lo canoniza el 7 de mayo de 1950.
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“Es
un modelo para nuestros días.
Es
el único padre conciliar del Vaticano I que ha sido canonizado y quien cuya
vida y obra es precursor y modelo en estos tiempos de Nueva Evangelización y de
aplicación del Vaticano II. Se puede decir de él que es un místico del
apostolado, que dedicó su vida entero al anuncio del Evangelio y a la
renovación del pueblo y de la Iglesia. San Antonio María Claret fue desde niño
asistido y protegido por la gracia de Dios, pues desde pequeño tenía una idea
precoz de lo que es la Eternidad. Valoraba, aceptaba o rechazaba las cosas
según fueran buenas o malas en función de las verdades eternas, sabiendo que
los que siguen la voluntad de Dios buscan la vida eterna mientras que quienes
se obstinan en hacer lo que no es correcto verán la soledad y la desesperación
para toda la eternidad.
Le
dolía al santo catalán que las personas no se preparasen para la vida eterna y
por eso con un ardor de misionero vemos en él algo de lo que hoy se vive en la
Iglesia; la gente necesita de personas que les hablen de las cosas de Dios, que
se hable de la primacía de la Palabra, de la intensificación de la primacía del
Evangelio. Y San Antonio María Claret iba de pueblo en pueblo, queriendo imitar
a Jesucristo itinerante. En un tiempo en que nadie hablaba de los Apóstoles él
predicaba la devoción a los Apóstoles y la importancia de imitar la vida de
Jesús. Igualmente San Antonio María quiso intensificar los estudios de la
Sagrada Escritura. Su lema episcopal fue un programa de vida: “La caridad de Cristo me apremia”.
Dedicó su tiempo a vivir como Jesús, dedicó su tiempo al servicio de Jesús y a
difundir la devoción a la Virgen para pedir por los otros. Considerar el
corazón, el alma de la Virgen como el molde de su corazón de misionero.
No
se olvidaba de los laicos. Organiza la Academia de San Miguel para que seglares
colaborasen con la Iglesia en la obra del apostolado. San Antonio María se
anticipa en el ver la descristianización de España, y por eso se dedica a
renovar la Fe del pueblo, buscando el cambio de vida de la gente,
evangelizándoles. Y por esto el santo nos sirve a nosotros como modelo. Nos lleva a considerar que el recuerdo de lo
eterno, nos debe llevar a no apegarnos a lo transitorio, mismo cuando ello es
bueno. Y por eso mismo debemos plantearnos siempre las cosas en función de la
eternidad. Y tratar de todo corazón de llevar a nuestros hermanos hacia el
esplendor de la resurrección y recordarles la primacía de la Eternidad.
San
Antonio María nos recuerda que hay que imitar a Jesús en la sencillez y en la
disponibilidad de las personas en el servicio de los demás, a vivir imitando el
estilo de vida de Jesús y de los apóstoles. Y nos recuerda que la devoción a la
Virgen como maestra, como modelo de Fe. A vivir con Jesús como María. A
escuchar a Jesús como María y a acompañar a Jesús como María lo acompañó.
Debemos dejar que Ella moldee nuestros corazones, de manera que seamos
discípulos, seguidores y adoradores de Cristo.
Nuestros
tiempos de increencia tienen que ser tiempos de misión, tiempos de
evangelización. Y si el Señor nos llama para dar un paso más, hay que darlo sin
respeto humano y sin importarnos lo que dicen los demás. Lo que interesa es
estar dentro del plan de Dios. Pidamos por la intercesión de Santo Antonio
María Claret al Señor que nos dé un corazón de discípulo, un corazón de
misionero, un corazón de apóstol, como él necesita para nuestras tierras y para
nuestra Iglesia” Mons. Fernando Sebastián.
Oración
Apostólica de San Antonio María Claret.
Señor
y Padre mío,
que
te conozca
y
te haga conocer,
que
te ame
y
te haga amar;
que
te sirva
y
te haga servir;
que
te alabe
y
te haga alabar
por
todas las criaturas.
domingo, 18 de octubre de 2015
miércoles, 14 de octubre de 2015
EL SANTO DE LA SEMANA
SANTA TERESA DE JESÚS
El día quince de
Octubre conmemoramos a “una santa que representa una de las cimas de la
espiritualidad cristiana de todos los tiempos: santa Teresa de Ávila (de
Jesús).
Nace en Ávila, España, en 1515, con el nombre
de Teresa de Ahumada. En su autobiografía ella misma menciona algunos detalles
de su infancia: su nacimiento de «padres virtuosos y temerosos de Dios», en el
seno de una familia numerosa, con nueve hermanos y tres hermanas. Todavía niña,
cuando tiene menos de nueve años, lee las vidas de algunos mártires que le
inspiran el deseo del martirio, hasta el punto de que improvisa una breve huida
de casa para morir mártir y subir al cielo (cf. Vida 1, 5); «quiero ver a Dios» dice la pequeña
a sus padres.
Algunos años más tarde, Teresa hablará de sus
lecturas de la infancia y afirmará que en ellas descubrió la verdad, que resume
en dos principios fundamentales: por
un lado «el hecho de que todo lo que pertenece al mundo de aquí, pasa»; y, por
otro, que sólo Dios es «para siempre, siempre, siempre», tema que se reitera en
la famosísima poesía
«Nada
te turbe
nada
te espante;
todo
se pasa.
Dios
no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien
a Dios tiene
nada
le falta
¡Sólo
Dios basta!».
Al quedar huérfana de madre a los 12 años,
pide a la santísima Virgen que le haga de madre (cf. Vida 1, 7).
Aunque en la adolescencia la lectura de
libros profanos la había llevado a las distracciones de una vida mundana, la
experiencia como alumna de las religiosas agustinas de Santa María de las
Gracias de Ávila y la lectura de libros espirituales, sobre todo clásicos de la
espiritualidad franciscana, le enseñan el recogimiento y la oración. A la edad
de 20 años, entra en el monasterio carmelita de la Encarnación, también en
Ávila; en la vida religiosa toma el nombre de Teresa de Jesús. Tres años
después, enferma gravemente; tanto que permanece cuatro días en coma,
aparentemente muerta (cf. Vida 5, 9). Incluso en la lucha contra sus
enfermedades la santa ve el combate contra las debilidades y las resistencias a
la llamada de Dios: «Deseaba vivir —escribe—, que bien entendía que no vivía,
sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no
la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues
tantas veces me había tornado a sí y yo dejándole» (Vida 8, 2). En 1543 pierde la cercanía de sus
familiares: su padre muere y todos sus hermanos emigran, uno tras otro, a
América. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa alcanza la cima de la
lucha contra sus debilidades. El descubrimiento fortuito de la estatua de «un Cristo
muy llagado» (Vida 9, 1) marca
profundamente su vida. La santa, que en aquel período encuentra profunda
consonancia con el san Agustín de las Confesiones,
describe así el día decisivo de su experiencia mística: «Acaecíame... venirme a
deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía
dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en Él» (Vida 10, 1).
Paralelamente a la maduración de su
interioridad, la santa comienza a desarrollar concretamente el ideal de reforma
de la Orden carmelita: en 1562 funda en Ávila, con el apoyo del obispo de la
ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado, y poco después
recibe también la aprobación del superior general de la Orden, Giovanni
Battista Rossi. En los años sucesivos prosigue las fundaciones de nuevos
Carmelos, en total diecisiete. Es fundamental el encuentro con san Juan de la
Cruz, con quien, en 1568, constituye en Duruelo, cerca de Ávila, el primer
convento de Carmelitas Descalzos. En 1580 obtiene de Roma la erección como
provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden
religiosa de los Carmelitas Descalzos. La vida terrena de Teresa termina
precisamente mientras está comprometida en la actividad de fundación. En
efecto, en 1582, después de haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras
se encuentra camino de regreso a Ávila, muere la noche del 15 de octubre en
Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones: «Al final, muero como
hija de la Iglesia» y «Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos». Una
existencia consumida dentro de España, pero entregada por toda la Iglesia.
Beatificada en 1614 por el Papa Pablo V y canonizada por Gregorio XV en 1622,
el siervo de Dios Pablo VI la proclama «doctora de la Iglesia» en 1970.
Teresa de Jesús no tenía una formación
académica, pero siempre sacó provecho de las enseñanzas de teólogos, literatos
y maestros espirituales. Como escritora, siempre se atuvo a lo que
personalmente había vivido o había visto en la experiencia de otros (cf. Prólogo al
Camino de perfección), es decir, a la experiencia. Teresa
teje relaciones de amistad espiritual con numerosos santos, en particular con
san Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, se alimenta con la lectura de los Padres
de la Iglesia, san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín. Entre sus
principales obras hay que recordar ante todo la autobiografía, titulada Libro de la vida, que ella llama Libro de las misericordias del Señor.
Compuesta en el Carmelo de Ávila en 1565, refiere el itinerario biográfico y espiritual,
escrito, como afirma la propia Teresa, para someter su alma al discernimiento
del «Maestro de los espirituales», san Juan de Ávila. El objetivo es poner de
relieve la presencia y la acción de Dios misericordioso en su vida: por esto,
la obra refiere a menudo su diálogo de oración con el Señor. Es una lectura que
fascina, porque la santa no sólo cuenta, sino que muestra que revive la
experiencia profunda de su relación con Dios. En 1566, Teresa escribe el Camino de perfección, que ella llama Avisos y consejos que da Teresa de Jesús
a sus hermanas. Las destinatarias son las doce novicias del Carmelo de san
José en Ávila. Teresa les propone un intenso programa de vida contemplativa al
servicio de la Iglesia, cuya base son las virtudes evangélicas y la oración.
Entre los pasajes más preciosos está el comentario al Padre nuestro, modelo de oración. La
obra mística más famosa de santa Teresa es el
Castillo interior, escrito en 1577, en plena madurez. Se trata de
una relectura de su propio camino de vida espiritual y, al mismo tiempo, de una
codificación del posible desarrollo de la vida cristiana hacia su plenitud, la
santidad, bajo la acción del Espíritu Santo. Teresa se refiere a la estructura
de un castillo con siete moradas, como imagen de la interioridad del hombre,
introduciendo, al mismo tiempo, el símbolo del gusano de seda que renace
mariposa, para expresar el paso de lo natural a lo sobrenatural. La santa se
inspira en la Sagrada Escritura, en particular en el Cantar de los cantares, por el símbolo
final de los «dos esposos», que le permite describir, en la séptima morada, el
culmen de la vida cristiana en sus cuatro aspectos: trinitario, cristológico,
antropológico y eclesial. A su actividad de fundadora de los Carmelos
reformados Teresa dedica el Libro
de las fundaciones, escrito entre 1573 y 1582, en el cual habla de la vida
del grupo religioso naciente. Como en la autobiografía, la narración trata de
poner de relieve sobre todo la acción de Dios en la obra de fundación de los
nuevos monasterios.
No es fácil resumir en pocas palabras la
profunda y articulada espiritualidad teresiana. Quiero mencionar algunos puntos
esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como
base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los
bienes o pobreza evangélica, y esto nos atañe a todos; el amor mutuo como
elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la
verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal,
que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas:
afabilidad, veracidad, modestia, amabilidad, alegría, cultura. En segundo
lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes
bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia
sobre todo con la esposa del Cantar
de los cantares y con el apóstol
san Pablo, además del Cristo de la Pasión y del Jesús eucarístico.
Asimismo, la santa subraya cuán esencial es
la oración; rezar, dice, significa «tratar de amistad, estando muchas veces
tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8, 5). La idea de santa Teresa coincide con
la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como «amicitia
quaedam hominis ad Deum», un tipo de amistad del hombre con Dios, que fue
el primero en ofrecer su amistad al hombre; la iniciativa viene de Dios (cf. Summa Theologiae ii-ii, 23, 1). La oración es vida y se
desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana: comienza con la
oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el
recogimiento, hasta alcanzar la unión de amor con Cristo y con la santísima
Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el cual subir a los
escalones más altos signifique dejar el precedente tipo de oración, sino que es
más bien una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda
la vida. Más que una pedagogía de la oración, la de Teresa es una verdadera
«mistagogia»: al lector de sus obras le enseña a orar rezando ella misma con Él;
en efecto, con frecuencia interrumpe el relato o la exposición para prorrumpir
en una oración.
Otro tema importante para la santa es la
centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana
es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con Él por gracia, por
amor y por imitación. De aquí la importancia que ella atribuye a la meditación
de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para
la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un
amor incondicional a la Iglesia: manifiesta un vivo «sensus Ecclesiae»
frente a los episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo.
Reforma la Orden carmelita con la intención de servir y defender mejor a la
«santa Iglesia católica romana», y está dispuesta a dar la vida por ella (cf. Vida 33, 5).
Un último aspecto esencial de la doctrina
teresiana, que quiero subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la
vida cristiana y meta final de la misma. La santa tiene una idea muy clara de
la «plenitud» de Cristo, que el cristiano revive. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última
«morada» Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la
Trinidad, en la unión con Cristo a través del misterio de su humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de
Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los
tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa
Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su
acción; nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en lo más
hondo de nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscar a Dios, de estar
en diálogo con Él y de ser sus amigos. Esta es la amistad que todos necesitamos
y que debemos buscar de nuevo, día tras día. Que el ejemplo de esta santa,
profundamente contemplativa y eficazmente activa, nos impulse también a
nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura
hacia Dios, a este camino para buscar a Dios, para verlo, para encontrar su
amistad y así la verdadera vida; porque realmente muchos de nosotros deberían
decir: «no vivo, no vivo realmente, porque no vivo la esencia de mi vida». Por
esto, el tiempo de la oración no es tiempo perdido; es tiempo en el que se abre
el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente
a Él, a su Iglesia, y una caridad concreta para con nuestros hermanos.” (Benedicto XVI,
Audiencia General, Miércoles 2
de febrero de 2011)
viernes, 25 de septiembre de 2015
INICIO DE LA CATEQUESIS PARROQUIAL
El domingo día cuatro de octubre, a las once de la mañana, comenzamos una nueva singladura.
Con ánimos renovados, tras un largo verano, te invitamos a participar de una nueva aventura.
Conocer a Jesús, aprender de Él, rezar y celebrar juntos la fe.
Dios te invita "donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón".
Alentados por el viento del Espíritu confiamos en llegar a buen puerto.
¡¡¡TE ESPERAMOS!!!
miércoles, 15 de abril de 2015
"HOLA, MAMI. ¡¡ ÉSTE ES NUESTRO PRIMER DÍA JUNTOS!!"
"Mira la historia de tu embarazo a través de los ojos de tu pequeño y mira cómo crece a medida que crece tu amor".
miércoles, 18 de febrero de 2015
CUARESMA 2015
RESUMEN DEL MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA
LA CUARESMA 2015
Fortalezcan
sus corazones (St 5,8)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y
para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2)…
…Uno
de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es
el de la globalización de la indiferencia.
La
indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para
los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los
profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios
no es indiferente al mundo…En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte
y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y
el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene
abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de
los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6)...
El
pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser
indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes
para meditar acerca de esta renovación.
1.
«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
…
La
Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a
ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando
recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos
en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la
indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones.
Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente
hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es
honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La
Iglesia es communio... En esta comunión de los santos y en esta participación
en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es
para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por
quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con
nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos
nos abramos a su obra de salvación.
2.
«¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo
que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de
las parroquias y comunidades.
Para
recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar
los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En
primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la
Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que
llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios,
formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La
Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos
del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que,
con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la
indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor
no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos…
También
nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como
ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su
alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza
para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por
otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la
pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados.
La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma,
sino que es enviada a todos los hombres.
…
Queridos
hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la
Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a
ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3.
«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También
como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de
noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo
tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer
para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En
primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial.
No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas
para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel
diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la
oración.
En
segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas
cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de
la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro,
con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma
humanidad.
Y,
en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión,
porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi
dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de
Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las
infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a
la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al
mundo y a nosotros mismos.
Para
superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a
todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del
corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un
corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser
misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero
abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por
los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva,
un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por
esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta
Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante
al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo
tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se
deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la
indiferencia.
Con
este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial
recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí.
Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano,
4 de octubre de 2014
Fiesta
de san Francisco de Asís
Franciscus
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