Desde la distancia, que no desde el olvido, retomamos la edición de nuestro blog.
Nuevo curso, nuevos retos.
Año para compartir, para crecer.
¡¡¡ AÑO DE LA FE !!!
En este vídeo, el protagonista, de aspecto vagamente hippie (barba descuidada, cabello largo), va en busca de un gesto de afecto por parte de extraños. Teniendo en la mano un enorme cartel donde está escrito «abrazos gratis», al inicio lo ven con desconfianza y con cierto temor comprensible, creyendo que se trata de un loco. Pero cuando una viejita, sintiendo curiosidad por esas palabas del cartel tan insólitas, se acerca y se deja abrazar, entonces tiene lugar una contagiosa emulación entre los presentes. Porque los gestos espontáneos son contagiosos, como la risa.
La lección que nos deja esta experiencia es que incluso una masa indistinta de personas lleva en su interior una petición silenciosa de implicación y cercanía humana al prójimo, pero que no tiene ocasión de hacer explícita.
DECIMOOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B
“Yo soy el pan de vida. El que venga a mí,
nunca más tendrá hambre”
En las Escrituras, se cuestiona la ternura
de Dios por el mundo, y leemos que "Dios amó tanto al mundo, que le entregó
a su Hijo" Jesús para que sea como nosotros, y nos anuncie la buena noticia
de que Dios es amor, que Dios os ama y me ama. Dios quiere que nos amemos unos
otros, como él nos ha amado (cf Jn 13,34).
Todos nosotros sabemos, mirando la cruz,
hasta qué punto Jesús nos ha amado. Cuando miramos la Eucaristía, sabemos
cuánto nos ama ahora. Por eso, él mismo se hizo "pan de vida" con el
fin de satisfacer nuestra hambre con su amor, y luego, como si esto no fuera
suficiente para él, se convirtió él mismo en hambriento en indigente, en
desalojado, con el fin de que vosotros y yo, pudiéramos satisfacer su hambre
con nuestro amor humano. Porque para esto hemos sido creados, para amar y
ser amados. (Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas
Misioneras de la Caridad.)
Jesús, palabra viva y alimento de mi vida.
Haz que lleve a la práctica la Palabra que he
leído y acogido en mi interior, de suerte que sepa contrastarla con mi vida.
Concédeme transformarla en lo cotidiano para
que pueda hallar mi felicidad en practicarla y ser, entre los que vivo, un signo
vivo y testimonio auténtico de tu Evangelio de salvación.
El Señor ha revelado el tesoro de las cosas del cielo a la gente sencilla, a los
soberbios que queremos ser humildes, a los que nos sentimos necesitados de
Dios; en realidad es así, recibimos la fe, porque levantamos nuestra mirada a Dios, porque nos
dejamos llamar, nos dejamos curar las heridas, nos sentimos sedientos del Agua
Viva, de la Verdadera Vida.
Gracias Dios, porque te ha parecido mejor que
por medio de las dificultades nos acerquemos a ti, gracias por los sufrimientos
y tribulaciones que nos hacen sostenernos en la fe, que nos mueven a seguir
clamándote, gracias porque de algo malo se puede sacar lo bueno, el acercarnos a
Ti.
Así como el Padre ha entregado todo al Hijo, hoy quiero amado Jesús, entregarte todo a ti, quiero pertenecer del todo a Ti, dame la gracia de poder hacerlo. Amén
Señor Jesús, hoy me reconozco entre aquellos que habiendo recibido mucho, pueden despreciarlo todo. Despiértame para reconocerte en los signos y las palabras en los que Tú quieres hacerte presente cada día.
DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINACIO - CICLO B
La Palabra de Dios hoy nos
dice: el profeta es un enviado de Dios. Jesús, el verdadero y supremo profeta,
hace a sus discípulos partícipes de su misma identidad. Así como él ha sido
enviado por el Padre, envía él a sus discípulos.
Los católicos somos enviados
al mundo entero a transmitir la Palabra de vida que cura y libera. Y es
fundamental que el modo de transmisión y la vida de los que transmitimos se
corresponda con aquello que esa Palabra anuncia. Por desgracia, no siempre es
así y, aunque esto no invalida el mensaje evangélico, la incoherencia de vida
puede mermar mucho la eficacia del anuncio y el testimonio. En este punto es
importante que cada cual se examine a sí mismo. Decía san Doroteo que “la causa
de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo”. Entre los
cristianos existen santos y pecadores, completamente entregados, o que viven a
medio gas o, incluso, en contra de lo que dicen profesar. Las palabras de Jesús
hoy han de ser un espejo en que cada uno debe mirarse a sí mismo.
Todos los cristianos, enviados
de un modo u otro, a testimoniar y anunciar el Evangelio según nuestra
vocación, somos invitados a reflexionar sobre la calidad de nuestro testimonio
y sobre nuestra coherencia de vida. Como aquellos discípulos, enviados de dos
en dos, tenemos que comprender que para poder cumplir esta misión tenemos que
empaparnos antes de esta palabra viva que es el contacto personal con
Jesucristo. El mero hecho de ser enviados puede ya ser un signo de que, en
cierto sentido, nos convertimos en extranjeros en nuestra propia tierra en la
que la Palabra puede encontrar una fuerte oposición. Y es que es cierto que la
Palabra que Dios nos dirige es con frecuencia incómoda, difícil de aceptar, ya
que denuncia lo que en nosotros y en nuestro entorno la contradice. Pero
tenemos que tener también la certeza y la experiencia personal de que, pese a esas
dificultades, lo que la Palabra de Dios quiere transmitirnos es, en realidad, una
buena noticia, una bendición.
En una palabra, es fundamental
que cada uno de nosotros los creyentes, elegidos y enviados, encarnemos en
nosotros mismos, en nuestras actitudes, palabras y obras, que la fe que creemos
y profesamos es realmente una Buena Noticia.