domingo, 22 de noviembre de 2015

CONOCIENDO LA FE

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE.


Hace unos días, comenzábamos a hablar de las realidades últimas. Hoy continuamos reflexionando acerca de ello.

Estamos llamados a vivir con Cristo para siempre, cada domingo, en cada solemnidad lo expresamos con la profesión de fe. ¿Pero qué queremos decir al proclamar “creo en la resurrección de la carne”?

¿Por qué creemos en la resurrección de los muertos?
Creemos en la resurrección de los muertos porque Cristo ha resucitado de entre los muertos, vive para siempre y nos hace partícipes de esta vida eterna.
Cuando un hombre muere, su cuerpo es enterrado o incinerado. A pesar de ello creemos que hay una vida después de la muerte para esa persona. Jesús se ha mostrado en su Resurrección como Señor de la muerte; su palabra es digna de fe: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá»

¿Por qué creemos en la resurrección de la «carne»?
El término bíblico «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. Pero Dios no contempla la carne humana como algo de escaso valor.
En Jesús Él mismo tomó «carne» para salvar al hombre. Dios no sólo salva el espíritu del hombre, salva al hombre todo entero, en cuerpo y alma.
Dios nos ha creado con cuerpo (carne) y alma. Al final del mundo Él no abandonará la «carne», ni a su creación como si fuera un juguete viejo. En el «último día» nos resucitará en la carne. Esto quiere decir que seremos transformados, pero que nos encontraremos, no obstante, en nuestro elemento. Tampoco para Jesucristo fue un mero episodio el estar en la carne. Cuando el Resucitado se apareció, los discípulos contemplaron sus heridas corporales. También para el cuerpo hay espacio en Dios.

¿Qué pasa con nosotros cuando morimos?
En la muerte se separan el cuerpo y el alma. El cuerpo se descompone, mientras que el alma sale al encuentro de Dios y espera a reunirse en el último día con su cuerpo resucitado.
El cómo de la resurrección de nuestro cuerpo es un misterio. Una imagen nos puede ayudar a asumirlo: cuando vemos un bulbo de tulipán no podemos saber qué hermosa flor se desarrollará en la oscuridad de la tierra. Igualmente no sabemos nada de la apariencia futura de nuestro nuevo cuerpo. Sin embargo, san Pablo está seguro: «Se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso» (1 Cor 15,43a).

¿Cómo nos ayuda Cristo en la muerte, si confiamos en Él?
Cristo nos sale al encuentro y nos conduce a la vida eterna. «No me recogerá la muerte, sino Dios» (santa Teresa del Niño Jesús).
Contemplando la pasión y la muerte de Jesús incluso la muerte puede ser más llevadera. En un acto de confianza y de amor al Padre podemos decir «sí», como hizo Jesús en el Huerto de los Olivos. Esta actitud se denomina «sacrificio espiritual». El que muere se une con el sacrificio de Cristo en la cruz. Quien muere así, confiando en Dios y en paz con los hombres, es decir, sin pecado grave, está en el camino de la comunión con Cristo resucitado. Cuando morimos, no caemos más que hasta las manos de Dios. Quien muere no viaja a la nada, sino que regresa al hogar del amor del Dios que le ha creado.

¿ Qué es la vida eterna ?
La vida eterna comienza con el Bautismo. Va más allá de la muerte y no tendrá fin.
Cuando estamos enamorados no queremos que este estado acabe nunca. «Dios es amor», dice la primera carta de san Juan (1 Jn 4,16). «El amor», dice la primera carta a los Corintios, «no pasa nunca» (1 Cor 13,8). Dios es eterno, porque es amor; y el amor es eterno porque es divino. Cuando estamos en el amor entramos en la presencia infinita de Dios.»

Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar? La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era «como el sacramento» (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

«Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo.

Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres»(GS 39).

«No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios» (GS 39).

sábado, 14 de noviembre de 2015

PALABRA DE VIDA

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO



Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,24-32)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.
Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».


“Queridos hermanos y hermanas:
En este penúltimo domingo del año litúrgico, se proclama, en la redacción de San Marcos, una parte del discurso de Jesús sobre los últimos tiempos. Este discurso se encuentra, con algunas variaciones, también en Mateo y Lucas, y es probablemente el texto más difícil del Evangelio. Tal dificultad deriva tanto del contenido como del lenguaje: se habla de un porvenir que supera nuestras categorías, y por esto Jesús utiliza imágenes y palabras tomadas del Antiguo Testamento, pero sobre todo introduce un nuevo centro, que es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección. También el pasaje de hoy se abre con algunas imágenes cósmicas de género apocalíptico: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán»; pero este elemento se relativiza por cuanto le sigue: «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria». El «Hijo del hombre» es Jesús mismo, que une el presente y el futuro; las antiguas palabras de los profetas por fin han hallado un centro en la persona del Mesías nazareno: es Él el verdadero acontecimiento que, en medio de los trastornos del mundo, permanece como el punto firme y estable.

Ello se confirma con otra expresión del Evangelio del día. Jesús afirma: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». En efecto, sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación: todas las criaturas, empezando por los elementos cósmicos —sol, luna, firmamento—, obedecen a la Palabra de Dios, existen en cuanto que son «llamados» por ella. Esta potencia creadora de la Palabra divina se ha concentrado en Jesucristo, Verbo hecho carne, y pasa también a través de sus palabras humanas, que son el verdadero «firmamento» que orienta el pensamiento y el camino del hombre en la tierra. Por esto Jesús no describe el fin del mundo, y cuando utiliza imágenes apocalípticas, no se comporta como un «vidente». Al contrario, Él quiere apartar a sus discípulos —de toda época— de la curiosidad por las fechas, las previsiones, y desea en cambio darles una clave de lectura profunda, esencial, y sobre todo indicar el sendero justo sobre el cual caminar, hoy y mañana, para entrar en la vida eterna. Todo pasa —nos recuerda el Señor—, pero la Palabra de Dios no muta, y ante ella cada uno de nosotros es responsable del propio comportamiento. De acuerdo con esto seremos juzgados.

Queridos amigos: tampoco en nuestros tiempos faltan calamidades naturales, y lamentablemente ni siquiera guerras y violencias. Hoy necesitamos también un fundamento estable para nuestra vida y nuestra esperanza, tanto más a causa del relativismo en el que estamos inmersos. Que la Virgen María nos ayude a acoger este centro en la Persona de Cristo y en su Palabra.” (Benedicto XVI, Ángelus, 18 de noviembre de 2012)

CONOCIENDO LA FE


¿POR QUÉ REZAR POR LOS DIFUNTOS?

En el mes de Noviembre la Iglesia nos invita a recordar de manera especial a nuestros difuntos, a aquellos a quienes hemos querido, a nuestros familiares y amigos difuntos.

A nuestro juicio nos quedaríamos a medias simplemente si les recordamos, hemos de rezar por ellos con la absoluta certeza de que Dios escucha nuestra oración, depositamos en manos de nuestro Creador la oración confiada por quienes nos han precedido.

Desde estas líneas queremos invitaros a algo más. Párate un momento y considera también tu propia vida y el destino al que Dios te llama. Queremos ofrecerte un resumen de la doctrina de la Iglesia en torno a las realidades últimas, aquellas a las que ninguno de nosotros puede escapar. No podemos decir ¡esto no me sucederá!.

Hoy comenzamos preguntándonos ¿Por qué rezar por los difuntos?
En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

«Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando ‘claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es’».

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios.

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones ‘pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados.

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

sábado, 31 de octubre de 2015

CONOCIENDO LA FE

¿Halloween? Los cristianos celebramos la vida
Nos ha parecido muy interesante este artículo del sacerdote de esta diócesis el Rvdo. Sr. D. Ricardo Sanjurjo Otero, en estos días de calabazas, brujas y zombis, no está de más una mirada serena sobre los acontecimientos que celebramos en este tiempo.
 
"Vivimos en una sociedad global y, quizás, lo más global de todo son las películas, series y demás contenidos que nos tragamos cuando nos sentamos delante de la televisión o cuando ahorramos lo suficiente para ir al cine. Un buen porcentaje de esos contenidos proceden de los EE.UU. y con ellos nos llega muchísimo de su cultura. Una parte no desdeñable de esa cultura que vamos asimilando es todo lo que tiene que ver con sus tradiciones y fiestas, como la que hoy nos ocupa: Halloween. No lo vamos a negar: Halloween es una fiesta que nos atrae. Disfraces, chucherías, fiestas… ¿a quién no le gustan esas cosas? Así que no hemos dudado en apropiárnosla. Es más, aprovechando el origen celta de la fiesta por estos lares la usamos además para reivindicar nuestra propia historia y, así, resucitamos el Samaín. Aunque, en general, se celebre “a la americana”, pero lo sentimos como más nuestro si le llamamos Samaín.
 
Pero la pregunta que se plantea no es sobre el origen o sobre las raíces del Samaín. No soy yo quién para hacer historia. La cuestión es otra: ¿puede un cristiano celebrar Halloween? Aparentemente no es más que una fiesta de disfraces totalmente inocente, ¿por qué no? Incluso alguno diría que es una forma de evangelizar (y esto no me lo estoy inventando). Así que… ¿puede un cristiano celebrar Halloween?
 
La respuesta no es fácil. Una situación similar se le planteó a Pablo en Corinto. ¿Era lícito comer carne sacrificada a los ídolos? Al fin y al cabo, si los ídolos “son mentira”, ¿no sería como comer cualquier otra carne? La respuesta de Pablo es una solución de compromiso, práctica, que comienza con: «Todo es lícito, pero no todo es conveniente; todo es lícito, pero no todo edifica» (1Co 10,23) y continua diciendo que es mejor no participar de los banquetes idolátricos.
 
Lo mismo aquí. Aunque aparentemente inofensiva —al fin y al cabo no vamos a hacer rituales satánicos, sólo vamos a disfrazarnos y, quizás, beber un poco más de la cuenta—, Halloween no deja de ser una tradición pagana. Pasada por un cierto tamiz cristiano, es cierto, al menos en su nombre, pero una tradición pagana al fin y al cabo. Participar conscientemente de ello puede llevar a confusión a nuestros hermanos y puede difuminar nuestro testimonio. Y no estamos como para difuminar nada, las cosas como son.
 
Y luego hay otra cosa: el cristianismo es una religión que celebra la vida, y la Vida, con V mayúscula. Precisamente el 1 de Noviembre celebramos a Todos los Santos, a aquellos (conocidos y desconocidos) que ya gozan de la vida eterna en el Reino de los Cielos. ¿Cómo vamos a celebrar la muerte? Es más, para celebrar a nuestros difuntos ya tenemos la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, el día 2, con la mirada siempre puesta en la Vida con mayúsculas, mirando más allá de la muerte.
 
Debemos ser firmes en nuestras creencias y evitar dar cualquier motivo de duda, a nosotros mismos y a los demás. Si somos luz del mundo, debemos comportarnos como tal (Flp 5,8) y ser conscientes de las cosas que dejamos entrar en nuestra vida, en nuestras casas. Y si, a través de las cosas aparentemente más inofensivas, dejamos que se apague esa luz, no estamos cuidando nuestra fe, ni nuestra vida de cristiano. Es más, estamos contribuyendo a que a la larga se fomenten valores totalmente contrarios.”
 
Ricardo Sanjurjo Otero
Sacerdote
 
 
 

sábado, 24 de octubre de 2015

PREPARANDO EL DOMINGO

NO CIERRES LOS OJOS
 

EL SANTO DE LA SEMANA

SAN ANTONIO MARIA CLARET


 
Antonio Claret nace en Sallent (Barcelona) en 1807, en el seno de una familia profundamente cristiana, dedicada a la fabricación textil.
Muere en el monasterio de Fontfroide, a los 63 años, rodeado del afecto de los monjes y de algunos de sus misioneros, fallece el 24 de octubre de 1870.
Sus restos mortales se trasladaron a Vic en 1897. Es beatificado por Pío XI el 25 de febrero de 1934. Pío XII lo canoniza el 7 de mayo de 1950.

“Es un modelo para nuestros días.

Es el único padre conciliar del Vaticano I que ha sido canonizado y quien cuya vida y obra es precursor y modelo en estos tiempos de Nueva Evangelización y de aplicación del Vaticano II. Se puede decir de él que es un místico del apostolado, que dedicó su vida entero al anuncio del Evangelio y a la renovación del pueblo y de la Iglesia. San Antonio María Claret fue desde niño asistido y protegido por la gracia de Dios, pues desde pequeño tenía una idea precoz de lo que es la Eternidad. Valoraba, aceptaba o rechazaba las cosas según fueran buenas o malas en función de las verdades eternas, sabiendo que los que siguen la voluntad de Dios buscan la vida eterna mientras que quienes se obstinan en hacer lo que no es correcto verán la soledad y la desesperación para toda la eternidad.

Le dolía al santo catalán que las personas no se preparasen para la vida eterna y por eso con un ardor de misionero vemos en él algo de lo que hoy se vive en la Iglesia; la gente necesita de personas que les hablen de las cosas de Dios, que se hable de la primacía de la Palabra, de la intensificación de la primacía del Evangelio. Y San Antonio María Claret iba de pueblo en pueblo, queriendo imitar a Jesucristo itinerante. En un tiempo en que nadie hablaba de los Apóstoles él predicaba la devoción a los Apóstoles y la importancia de imitar la vida de Jesús. Igualmente San Antonio María quiso intensificar los estudios de la Sagrada Escritura. Su lema episcopal fue un programa de vida: “La caridad de Cristo me apremia”. Dedicó su tiempo a vivir como Jesús, dedicó su tiempo al servicio de Jesús y a difundir la devoción a la Virgen para pedir por los otros. Considerar el corazón, el alma de la Virgen como el molde de su corazón de misionero.

No se olvidaba de los laicos. Organiza la Academia de San Miguel para que seglares colaborasen con la Iglesia en la obra del apostolado. San Antonio María se anticipa en el ver la descristianización de España, y por eso se dedica a renovar la Fe del pueblo, buscando el cambio de vida de la gente, evangelizándoles. Y por esto el santo nos sirve a nosotros como modelo.  Nos lleva a considerar que el recuerdo de lo eterno, nos debe llevar a no apegarnos a lo transitorio, mismo cuando ello es bueno. Y por eso mismo debemos plantearnos siempre las cosas en función de la eternidad. Y tratar de todo corazón de llevar a nuestros hermanos hacia el esplendor de la resurrección y recordarles la primacía de la Eternidad.

San Antonio María nos recuerda que hay que imitar a Jesús en la sencillez y en la disponibilidad de las personas en el servicio de los demás, a vivir imitando el estilo de vida de Jesús y de los apóstoles. Y nos recuerda que la devoción a la Virgen como maestra, como modelo de Fe. A vivir con Jesús como María. A escuchar a Jesús como María y a acompañar a Jesús como María lo acompañó. Debemos dejar que Ella moldee nuestros corazones, de manera que seamos discípulos, seguidores y adoradores de Cristo.

Nuestros tiempos de increencia tienen que ser tiempos de misión, tiempos de evangelización. Y si el Señor nos llama para dar un paso más, hay que darlo sin respeto humano y sin importarnos lo que dicen los demás. Lo que interesa es estar dentro del plan de Dios. Pidamos por la intercesión de Santo Antonio María Claret al Señor que nos dé un corazón de discípulo, un corazón de misionero, un corazón de apóstol, como él necesita para nuestras tierras y para nuestra Iglesia” Mons. Fernando Sebastián.

Oración Apostólica de San Antonio María Claret.

Señor y Padre mío,
que te conozca
y te haga conocer,
que te ame
y te haga amar;
que te sirva
y te haga servir;
que te alabe
y te haga alabar
por todas las criaturas.